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La Danza de L.larón (Foto: Inés Rodríguez) |
Pasadas
unas horas, y para proseguir el viaje, subo a otro autocar en el que
hay de todo, verbigracia: guardia civil, mujeres con pañuelos
floreados y ceñidos a su cabeza, una joven con unos pendientes que
desde el primer momento despertaron mi atención, un borrachín
-resultó tocayo mío- de boca alegre y ojos ratoniles, un chófer
que está aprendiendo a conducir -y es el que nos lleva más o menos
aconsejado por el titular-, un muchacho con un acordeón que, quizás
porque nadie se lo solicita se pone a tocar, bueno, eso de tocar...
Cada vez que este aprendiz de músico encoge o estira el fuelle del
instrumento, se desprenden suicidas las notas chillonas y
despèdazadas; de su música sólo se sabe la canción que desea
tocar, cuando la canta, pero así y todo no existe concordancia entre
música y voz. Viajan también mujeres que, según ellas -no lo
adivinaríamos nosotros- habían estado en Buenos Aires; y un hombre,
vecino del pueblo de La Viliella, que testarudo y testarudo se empeñó
en contarme sus cuitas, a cambio, eso sí, de contarle yo -me las
exigió subrepticiamente- las mías.
Hasta
hace algún tiempo la carretera por donde avanza el autocar llegaba
solamente a la Fuente del Rañadoiro, puerto frío e inhóspito, pero
ahora ya continúa por este trayecto hasta Degaña, pueblo al que
antes había que llegar dando un rodeo por Villablino, en la
provincia de León, aunque para quienes quisieran caminar, había
senderos que suplían la carretera ahora construída. El autocar sube
renqueante el puerto de Rañadoiro; por la ventanilla entra un aire
fresco y cortanta, propio de la altitud; a derecha e izquierda se ve
una rala vegetación. Durante la ascensión prosigue la desbordante y
resquebrajada música del acordeonista, el cual cuenta ahora con la
colaboración de otros mozos amigos de la jarana, por lo que dan
voces -creen que cantan- y alborotan hasta sentirse totalmente
protagonistas.
Una
vez el autocar en lo más alto, hay relevo de chóferes. Como viene
un pronunciado descenso, se pone ante el volante el conductor
titular, pues la Empresa debe considerar que nuestras vidas exigen
ciertos conocimientos en la labor de conducir y entonces no debe
exponerlas ante la posible ineptitud del principiante. En este
momento puede tener validez el cantar alusivo a tal zona:
Viva
Cangas, viva Cangas
y
todo el río de Rengos,
en
pasando el Rañadoiro
lo
pintamos los cabreiros
Advirtiendo
que llaman cabreiros a los naturales de Larón y La Viliella.
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El país cabreiru |
Hay
un cambio total de panorama. Vemos muy abajo los dos pueblos citados.
El descenso es agudo y preocupante. Densa paz se presagia en los
hundidos poblados que bostezan dentro del vago atardecer, como
acogidos con temor a los declives de las mudas y no fructíferas
montañas. El autobús hace una breve parada en Larón. Al joven que
me había soltado la madeja de sus preocupaciones: la mili, un
camión, la esposa, la tía..., le señalo unos hombres que hay en la
carretera, indicándole mi intención de ir a charlar con ellos -mi
ansia de preguntar-, pero él me hace la advertencia de que no son
asturianos, y poco lograré; al parecer son forasteros para la
construcción de una carretera cercana. No quiero irme sin haber
intentado el diálogo en el pueblo, y con este motivo visitamos a un
hombre bastante anciano que está con unos familiares; sorprendido en
su humilde casa, nos acoge con una frialdad deprimente y una negativa
rotunda en cuanto a conversar; el que me acompaña me dirá luego
exculpatorio: “Es que no quiere; cuando está de gracia, cuenta y
cuenta cosas sin cesar”.
Quedó
Larón en paz bajo la zarpa del bronco Rañadoiro imponiendo la
antigua y ya superada dificultad de su paso; dos arroyuelos, el
Rufaro y el Campetinos, siluetean el pueblo; algunas alturas
acoquinan; el pueblo de Larón, titular de una danza asturiana que
sirve de mensaje regional. Dicen en otros lugares: “Si van las
nubes a Larón, lloverá o non”.
(Texto perteneciente a la segunda parte de "Ruta: Sudoeste de Asturias", de Luciano Castañón -RIDEA, 1965-. Y continuará próximamente... aquí).